Vida, mi vida, déjate caer, déjate doler, mi vida
Alejandra Pizarnik
Ahora el reloj dio las doce.
Irene sabe que día es,
pero está en la ducha
y desde ahí escucha el chillido del celular,
un tono triste
monofónico,
inentendible.
Es Evelina, y dice:
“espero que tu día te encuentre feliz,
te quiero mucho, agradezco a la vida el conocerte”
En ese momento Irene no lee,
se mira al espejo,
otra vez su cuerpo,
siempre ha sido su cuerpo,
su rostro,
y piensa
tengo una hermana melliza
que hoy también tiene treinta años,
que es rubia,
que tiene los ojos verdes,
y que está feliz porque así es su naturaleza.
Toma valor,
sale del baño y están sus padres separados,
ella es menor, él es anciano,
Irene piensa:
“¿Así será mi vejez? Triste, al lado de un hombre viejo
al que no amo y el cual no me ama, ¿será así?
Se recuesta en la cama y cierra los ojos,
ahora está ahí su infancia,
su pelo rubio
las risas cómplices con Andrea,
el terminar el primario,
el paso por la secundaria privada,
un colegio marianista en el cual
aprendió más de Dios que de historia,
pero no se arrepiente,
Abre los ojos,
Irene está mirando el techo
revisa la carrera de TS,
los pocos compañeros varones,
sus dieciochos años,
el pelo engelado de Adrián
en ese festejo en el bar al que siempre iba,
Muda de recuerdos y vuelve a pensar que tiene treinta años
y parece ayer nomás
la voz de su padre:
“vos, vos vas a ser una doctora,
vas a tener las oportunidades que tu padre
no tuvo”
Y vuelve atrás,
tiene veintidos,
sale con un tipo veinte años mayor.
Se ha puesto complicado
esto de repasar mi vida
piensa y escribe en una hoja
un fragmento casí poético
“dolorosamente algo más que un cuerpo”
no sabe donde lo leyó,
no sabe muchas cosas.
Irene ya no está en la cama,
dio un salto hacia la puerta
abraza con ternura a Andrea
“pensar que fue ayer milnueveochenta y dos,
pensar que fue ayer el jardín
pensar que fueron ayer los veinte años
la esperanzas adolescentes,
el amor de verano,
la caricia de un chico,
el poema de otro,
los cuartos de hotel,
los noviazgos largos”
y luego la besa en las mejillas
y le repite “te amo Irene,
te amo porque naciste conmigo,
me acompañas desde ese día”
Irene llora, porque se siente vieja
porque se siente triste
porque se acuerda las veces que le falló a Andrea
y se acuerda de su problema,
de su cuerpo horrible para ella
de los espejos que no la quisieron
de los hombres que la besaron con asco,
de los que dijeron quererla antes del sexo,
y nunca más escribieron.
Irene llora toda su tristeza abrazada a su hermana melliza
a su media vida entera,
y se deja mezclar esas lágrimas con la saliva
y repite entrecortado
con la voz gastada,
con dolor de garganta
“Perdoname Andrea, perdoname”
Y Andrea la abraza fuerte
la protege tal vez como una reminiscencia del útero
de la infancia en Almagro
como ese día en que velaron a su abuela
en que llevaron ambas el feretro,
en que lloraron luego en una casa de Vicente López,
en el que abrieron un estudio de cuadros y marcos
y pensaron en los abuelos
y en que todo lo que quieren para sus vidas es eso,
morir con alguien,
acompañadas,
que alguien las espere del otro lado de la muerte,
que no haya soledades,
ni penas
ni olvidos.
En este momento Irene se separa de su hermana,
de un golpecito suave se la quita,
se seca con las manos las lágrimas,
piensa,
es treinta y uno de enero,
tengo treinta años,
una hermana melliza
que es rubia
que tiene los ojos verdes,
y que llora conmigo.