Irene III/Finales y Comienzos

                                                                                                                     “Y así vamos adelante, botes contra la corriente, incesantemente arrastrados hacia el pasado.”

Francis Scott Fitzgerald

Irene va a cerrar una cajita de madera con llave
y va a esconderla para no acordarse nunca de ella
Irene va a suspirar, a mirar hacia  arriba, a contener las lágrimas,
Irene va a colocar el reloj en un mueble donde nunca más lo vea,
va a tirar los peluches de la infancia recuperada
y que hoy son significadores de pasado.
Irene va a cerrar una puerta para siempre.
Detrás de esa puerta va a dejar los recuerdos.
Lo que sangra, lo que fluye por su historia tan roja
y tan corriente como un río.
Lo va a hacer esta noche porque sabe que es ahora el momento,
porque la terapia cicatrizó, sino curó.
Pero no está sola, detrás de la puerta espera alguien,
que le toma las manos,
que sonríe a su lado en cada fotografía,
que la besa urgente en los labios, en el cuello,en las mejillas.

Irene escribe para sí: Todo el pasado es una cosa que sangra.
Basta una caja de madera, una llave y un olvido para no morir desangrado.


Melancopostardío Luto

El chau con todo el chau.

Chau, y listo, cerrás y te vas.
El chau escrito en una pared,
el chau solo con más silencio
sin aceptación,
nadie acepta el chau, se dice  con entereza,
salen y en la esquina lloran porque no querían decirlo.

Chau
sin
Chau-Sin Chau con melancopostardío luto

 

Chau a la espera,
porque la muerte es así.
un momento.
Decís me fui y te vas
y volas para cualquier lado.

 

Chau, ya no te espero,
chau por la fotografía
por un rostro que te sonríe
por una mano que te toca,
por un hombre que te quiere

 

Chau, ¿él te ama?

Que carajo importa eso

Chau, ¿estás enamorada?

Como si importara.

 

Chau ya no te espero,
chau,
deberías haberme dicho
y no hasta luego.


Irene II /La Carencia.

Había empezado a llover,
Irene sabe otra cosa más sobre sí,
Ama a la lluvia.
Y eso es demasiado,
amar algo y sostenerlo,
desearlo
y esperarlo un día en un esquina
o las diez de la noche,
o tal vez una mañana de Abril
otoñal y amarillo

 

Pero ahora llueve.
Es verano ahí afuera,
en la calle Mármol de adoquines,
en la esquina de Agrelo.

La lluvia le recuerda a su infancia,
cuando creía que ser grande
era dejar la carencia.
Pequeña Irene desde un retrato,
se mira a sí misma,
la joven Irene,
con sus treinta años a cuestas,
y todo el peso de la vida
en sus dos manos.

 

Irene va a mirar la lluvia en su balcón,
afuera el agua gana las calles,
Irene suspira,
en voz alta intenta un grito.
La carencia es
se dice a sí y a quién la escuche,
significar un espejo
dejarle la marca de un cuerpo.


Treinta y uno de Enero

Vida, mi vida, déjate caer, déjate doler, mi vida
Alejandra Pizarnik

Ahora el reloj dio las doce.
Irene sabe que día es,
pero está en la ducha
y desde ahí escucha el chillido del celular,
un tono triste
monofónico,
inentendible.
Es Evelina, y dice:
“espero que tu día te encuentre feliz,
te quiero mucho, agradezco a la vida el conocerte”
En ese momento Irene no lee,
se mira al espejo,
otra vez su cuerpo,
siempre ha sido su cuerpo,
su rostro,
y piensa
tengo una hermana melliza
que hoy también tiene treinta años,
que es rubia,
que tiene los ojos verdes,
y que está feliz porque así es su naturaleza.

Toma valor,
sale del baño y están sus padres separados,
ella es menor, él es anciano,
Irene piensa:
“¿Así será mi vejez? Triste, al lado de un hombre viejo
al que no amo y el cual no me ama, ¿será así?

Se recuesta en la cama y cierra los ojos,
ahora está ahí su infancia,
su pelo rubio
las risas cómplices con Andrea,
el terminar el primario,
el paso por la secundaria privada,
un colegio marianista en el cual
aprendió más de Dios que de historia,
pero no se arrepiente,

Abre los ojos,
Irene está mirando el techo
revisa la carrera de TS,
los pocos compañeros varones,
sus dieciochos años,
el pelo engelado de Adrián
en ese festejo en el bar al que siempre iba,
Muda de recuerdos y vuelve a pensar que tiene treinta años

y parece ayer nomás
la voz de su padre:

“vos, vos vas a ser una doctora,
vas a tener las oportunidades que tu padre
no tuvo”
Y vuelve atrás,
tiene veintidos,
sale con un tipo veinte años mayor.
Se ha puesto complicado
esto de repasar mi vida
piensa y escribe en una hoja
un fragmento casí poético
“dolorosamente algo más que un cuerpo”
no sabe donde lo leyó,
no sabe muchas cosas.

Irene ya no está en la cama,
dio un salto hacia la puerta
abraza con ternura a Andrea

“pensar que fue ayer milnueveochenta y dos,
pensar que fue ayer el jardín
pensar que fueron ayer los veinte años
la esperanzas adolescentes,
el amor de verano,

la caricia de un chico,
el poema de otro,
los cuartos de hotel,
los noviazgos largos”

y luego la besa en las mejillas
y le repite “te amo Irene,
te amo porque naciste conmigo,
me acompañas desde ese día”

Irene llora, porque se siente vieja
porque se siente triste
porque se acuerda las veces que le falló a Andrea

y se acuerda de su problema,
de su cuerpo horrible para ella
de los espejos que no la quisieron
de los hombres que la besaron con asco,
de los que dijeron quererla antes del sexo,
y nunca más escribieron.

 

Irene llora toda su tristeza abrazada a su hermana melliza
a su media vida entera,
y se deja mezclar esas lágrimas con la saliva

y repite entrecortado
con la voz gastada,
con dolor de garganta

“Perdoname Andrea, perdoname”
Y Andrea la abraza fuerte
la protege tal vez como una reminiscencia del útero
de la infancia en Almagro
como ese día en que velaron a su abuela
en que llevaron ambas el feretro,
en que lloraron luego en una casa de Vicente López,
en el que abrieron un estudio de cuadros y marcos
y pensaron en los abuelos
y en que todo lo que quieren para sus vidas es eso,
morir con alguien,
acompañadas,
que alguien las espere del otro lado de la muerte,
que no haya soledades,
ni penas
ni olvidos.

 

En este momento Irene se separa de su hermana,
de un golpecito suave se la quita,
se seca con las manos las lágrimas,
piensa,
es treinta y uno de enero,
tengo treinta años,
una hermana melliza
que es rubia
que tiene los ojos verdes,
y que llora conmigo.


Cecilia.


Pasada la medianoche,
en el silencio de la vigilia porteña,
Cecilia escribe en una hoja
manchada con lágrimas:
soy mujer,
dolorosamente,
algo más que un cuerpo.


Conjetural

Releyendo estos poemas míos
en este momento preciso,

en los cuales quisiera que estés en la tercer o cuarta fila,
que escuches, celebres o repudies estas palabras,
es necesario que lleguemos a un acuerdo.
En esta noche en la que leo como un condenado
todavía me resuenan los postulados de Germán,
“todo es falseable” dice,
pero no deja de ser extraño
que vos estés allá escuchando una banda de folk rock
que habla de la revolución pero no la hace
y que yo este acá escribiendo este poema que dice revolución pero tampoco la hace.

En última instancia siempre hemos sido la misma cosa,
dos cobardes que no hacen el amor ni la revolución.

Pero en lo falseable, suena interesante,

que solo yo sepa que hablo de vos
cuando digo que he exiliado mis penas
en un caserón viejo y empedrado de Almagro.
No obstante,
no te preocupes, este es nuestro trato:
ahora viene el final del poema,
me queda solamente mirar al costado,
no aflojar en la última vocal
sonreirle al público,
desacralizarte,
negarte,
falsearte
en la intimidad de un aplauso.


Esencial

Los límites de mi mundo acortaron mi lenguaje,
a pesar de eso las cosas simples se obstinan en negarse,
en estos poemas casi nunca encuentro,
la absolución de la culpa,
o algo esencial.
Está bien,
no es preciso buscar algo en la poesía,
cuando todo está tan falseable

 


Me dijo

Me dijo que melancolía era eso que pasaba
cuando pensas en un objeto
y tomas plena conciencia
de que jamás volveras a él.

Me dijo que tristeza,
es esos quince minutos
entre una frase y el fin de las lágrimas.

Me dijo que todo lo que decía
iba a dolerle más a ella
de lo que podía dolerme a mi.

Me dijo que me amaba y que eso nunca iba a cambiar
pero que no podía
que ya habíamos tenido mil oportunidades y tal vez más
y que nos vamos a volver a encontrar porque lo siente así.

Me dijo que la perdone,
que me hizo mucho daño
y que cambiaría diez años de su vida

por cambiar dos años de nuestra historia.

Me dijo que ya no podía volver
al bar donde nos conocimos,
que no le gustaba más la Costanera Sur
porque ahí todo le era yo,
y yo le era un dolor fuerte en el pecho.

Me dijo que decir Adiós
es definitivo,
un punto que precede
a un verso,
un final para toda novela.

Me dijo que me lleve sus ojos,
que me regalaba esa mirada,
que eso era lo mejor que tenía para darme.

Me dijo que decidió guardar mi nombre
en una caja de recuerdos
junto con los regalos de aniversario
y las fotos viejas de la familia.

Me dijo: Ahora voy a cortar el teléfono,
y no tenemos que hablar nunca más,
porque si volvemos a hablar
el único que se lastima sos vos,
cuidate

y tratá de ser feliz,
te lo mereces.


Sala

Habitualmente vengo a esta sala. No sé cómo llego, no sé tampoco las causas que me traen aquí, pero cada dos, tres, o cuatro días me encuentro aquí. Pocas cosas son las que puedo recordar de mi estadía. La bata del médico, la mesa de metal color gris acero, el frío de los refrigerantes.

A veces todo es superreal. Todo lo siento, desde el mínimo ruido de los bisturís hasta las apreciaciones jocosas (seguramente para descomprimirse en tamaña tarea) del médico que me examina.

Alguna vez hablo con él, me parece natural, lejos de aterrarme, entablar una conversación con mi compañero de cuarto momentáneo. De él solo recuerdo el color de sus ojos, la barba espesa y blanca y la partícular forma de empuñar los instrumentos. Le pregunto cómo llegué ahí, por las causas, por mis últimas horas, le pregunto si intentaron reanimarme. Rara vez me responde, solo atiende las preguntas que tienen que ver con el día, y las que refieren al dolor. Repite incesantemente que los muertos no hablan y mucho menos preguntan, cree y me repite que soy un producto de su imaginación, una factura que se cobra por los años trabajando en tal tarea. Hace la salvedad de que nada puede dolerme ya. Pero yo siento sus manos en mi cuerpo, veo como toca y revisa cada organo, cada viscera. El color de mi piel me hace pensar que llevo muerto varios meses y que este exámen intenta determinar las causas de mi muerte aún no probadas. Para mi todo da igual. Solo existe el momento en la sala, del pasado o del presente nada puedo decir.

Nunca me siento triste o me reprocho algo de mi vida. Creo no saber porque estoy ahí, pero tampoco deseo no estarlo. De ella casi nunca hablo pero si la recuerdo. Él no sabe su nombre y yo no sé de su vida, pero si recuerdo su rostro y su forma de reir, tan espontánea, natural. Aún así no es más que un recuerdo, una memoria que flota entre los miles de pensamientos que tengo reservados para mi, en ese instante en el cual estoy solo con la intimidad de la muerte. Al fin y al cabo la muerte ha de ser eso, miles de pensamientos, un momento íntimo, el cuerpo frío y tendido sobre una mesa.

El final llega siempre cuando deja descansar sus ojos sobre mi cuerpo. Lo veo y me mira, nos miramos como reconociendonos en el otro, quizás él piense en que algún día será ese cádaver sobre la mesa y otro lo observe, quién sabe, nada de eso nos afecta. Luego se mueve a un lado, busca la cuchilla grande y la coloca sobre mi garganta. Entonces, en ese preciso instante suelo abrir los ojos.


Arte poética

Todos debemos escribir un arte poética.
A Borges se le escurrían fácil;
era cuestión de un laberinto

para

tener un arte poética
Neruda tuvo las suyos con cines de fieltro
y Girondo,

las lloro a gritos,

entre masmedulas y puros no.

Ahora mismo debe haber cien poetas
escribiendo
cien artes poéticas

Diciendo en las paredes

como Urondo que van a levantar un nombre
como si fuera el brazo derecho
o
Quizás hagan como Gelman,
y cuenten
en ellas los días que faltan para la revolución

También estamos los jovenes poetitas,
pero

no escribimos todavía ninguna

las leemos de otros en todas partes
y
pensamos.

         ”Ah, pero yo también cuando sea poeta quiero mi propio arte poética”

Yo a veces tengo la mía

                     Es una artecita poética,

viaja en el bolsillo trasero de un traje,
se me mezcla con los vueltos en monedas
los boletos de tren,
las pequeñas miserias


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