Tal vez la vejez

Tras la puerta la calle Defensa es una pila de adoquines mal heridos de tiempo,
las luces de la vieja galería apenas iluminan su gris cabellera,
los zapatos viejos, gastados, como si oculturan su dignidad tras la tierra,
sostienen sus pies y su historia.
Sentado frente a su negocio;
con los gestos llenos de arrugas;
el triste vendedor de antiguedades
se siente una más entre tantas,
tal vez la vejez fuera eso:
el dolor de saberse antiguedad entre las antiguedades.

Antes

Antes que el misil barra la triste Iraq,
la madre dormirá al niño,
lo besará en la frente,
arropará su vida con las mantas,
y luego el resplandor la dejará ciega
para siempre.

Antes que la bala atraviese al soldado,

este escribirá la palabra amor,
con las mismas manos de matar
de torturar,
de hacer la guerra;
y luego vendrá el bang,
el silencio del estruendo;
la luz de la muerte en la punta del cañón.

Antes de que amanezca en Washington,
el hombre despertará,
orinará en el retrete blanco,
verá correr el agua,
lavará sus manos,

y ya en su cama

dormirá el sueño de los nobeles,
la paz del petróleo;

la libertad de las bombas en el viejo cielo de oriente.

Montevideo.

 

Cada vez que Montevideo se cierra sobre el río
y el aleteo de las palomas sobrevuelan la arena,
entre el silencio de la rambla,
la soledad de la avenida
y la tristeza del edificio legislativo,
un pedacito de Mario se pliega,
como si rearmara la historia de la poesía.

Entonces, solo entonces,
se emprende el vuelo,
de una punta a la otra del río
como si la verdad fuese la recorrida.

 

 

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Lo invisible.

Hay, entre tantas cosas,
un camino cerrado, pobre de soledad.
Una tranquera invitándonos a la tragedia
de la cámara que dispara contra el paisaje
y este que agoniza en la memoria.

Hay, entre otras cosas,
un sueño de séptimo día,
un miedo como de adolescente,

al escribir amor en el nombre de su novia,
y caer en la cuenta,
de la inocencia perdida.

Hay, aunque no parezca,
una sensación de sur,
pero de sur profundo,
que nada tiene que ver con la montaña
que nada tiene que ver con la tranquera
que nada tiene que ver con los árboles
que nada
de nada
de nada

tiene que ver con este momento
con este tiempo.

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El año de todos los muertos.

“No temas a los muertos sino a los vivos”,
decía mi madre,
hasta que un día los vivos abrieron los cementerios,
desenterraron las tumbas,

perforaron los ataúdes,
y sacaron a los muertos a las calles

Desde ese día que ocultan su podredumbre
con flores de colores y sonrisas arregladas con editores;
y los vivos lo celebran con globos,
canciones,
y arengas,
y papeles que caen sobre su carne; maloliente y perfumada

Son muchos los muertos
que llevan una bandera doblada bajo el saco;
les hablan a cuentos de hadas en repúblicas perdidas;
mientras tanto ya negocian intercambios con la parca,
dos o tres fondos privados,
al mejor postor son un país de almas.

Algunos estaban muertos antes de estar muertos,
otros aunque respiraban estaban tan grises que les dieron
entierro.
Hubo alguno que prefería el cementerio,
porque no soportaba la primavera.

-Por suerte llegaron los vivos-
piensa algún muerto,
los vivos que gustan de los muertos para
justificar su divertimento,
y nos volvieron a pasear sin que muchos se den cuenta

Y aquí estoy, en este lugar,
en este tiempo, es tan confuso todo,
que ya no sé quien se pudre o quien respira.

Tenía razón mi madre,
dan miedo estos vivos que se parecen
y piensan como muertos,
y respiran,
sobretodo respiran.

¿Cuántas horas por día te dignifican?

Uno de los discos que no me canso de escuchar en estos últimos tiempos es “Principio de incertidumbre” de Ismael Serrano. Es que el español, antes que cantante, antes que músico y antes que ex estudiante de la facultad de Ciencias, es un gran contador de historias.

En una de ellas, antes de la canción “Kilómetro cero”, cuenta que en la ciudad de La Paz lo asombró una pintada que  rezaba “esta ciudad tiene más radiotaxis que sentimientos”. Desde que escuché esa anécdota voy atento a qué dicen las paredes de Buenos Aires, si hay alguna frase que sea digna de describir el caos que recorre con nosotros el camino hasta el trabajo.

Buenos Aires no es menos caótica que La Paz, la única diferencia con la ciudad Boliviana es la ex capital del Virreinato del Río de La Plata es la más europea de las latinoamericanas. Un Paris a la vuelta del sur del mundo.

En una de esas búsquedas, apoyado contra la ventana del colectivo 172 que recorre el oeste del conurbano hasta Caballito, frente a la cancha de Ferro leí “¿cuántas horas por día te dignifican?”.

Pintado en aerosol negro, con letra clara; nada te puede interpelar más yendo a trabajar que esa pregunta, mientras tu bus recorre apurado la avenida Avellaneda y se pasa frente a los viejos tablones de madera del estadio de Ferrocarril Oeste.

Se ha dicho, -en realidad lo ha dicho un general que presidió tres veces el país- que el trabajo dignifica. Apuntar a la teoría de que la venta de la fuerza de trabajo para el enriquecimiento de un tercero se parece a algo que tenga que ver con la dignidad, es por lo menos un engaño.

Durante la feria del libro de este año, Federico Andahazi, a quién puede acusarse con muchos argumentos de ser un fundamentalista del pesimismo dijo algo, casi sin querer sobre el tema en la presentación de su última novela: “No hay nada más triste que trabajar en algo en lo cual uno no está interesado”, y luego de una breve pausa de reflexión agregó: “En realidad sí, trabajar cincuenta años en lo que a uno no le interesa en lo más mínimo”

La dignidad debería buscarse ahí en los ratos de ocio. En los lugares comunes de la calle, en el minuto que se pasa frente a una injusticia y se actúa. En el arte, en el acto de pensar; en lo abstracto de evocar un recuerdo feliz de unas vacaciones o viaje pasado para contárselo a un grupo desconocidos.

También, se ha buscado la dignidad en la pobreza. La operación en ese aspecto es más perversa. Es digno el pobre que acepta su condición como un reo una condena por un delito. El pobre digno no se queja, no patalea, no protesta. Es un ejemplo de como aceptarle al sistema el lugar que nos asigna.

No hay pobres dignos e indignos. Hay pobres en un sistema indigno.

El lenguaje es cosa de los hombres. Lo que se hace con él también. Que me perdone Perón, pero nos hizo vivir durante cincuenta años equivocados. Ocho horas por día no son la dignidad de una persona. La dignidad va por otra avenida y no se representa en el trabajo.

Ahora sí. Llegó el momento de preguntarnos sinceramente, sin miramientos ni mentiras; ¿Cuántos horas por día te dignifican?.